¿Realmente han cambiado los modelos de pareja o hemos cambiado nosotros?
En muchos lugares se dice que el modelo de familia ha cambiado, que el modelo de pareja ya no es el mismo. Hay nuevos modelos de pareja y de familia. Es cierto: hoy convivimos con formas diversas de amar, de criar, de acompañarnos. Aun así, tengo una pregunta que me ronda hace tiempo:
Cuando te enamoraste de tu primera pareja, o de la persona con la que decidiste formar una familia, ¿lo hiciste pensando que existían muchos modelos posibles?
¿Pensabas que en unos años te separarías, que criarías a tus hijos en solitario o junto a otra pareja?
¿O más bien creías —como creo que lo hacemos la gran mayoría— que tu historia sería diferente, que era para durar toda la vida?
Lo que ha cambiado… ¿Es el modelo o nuestra forma de sostenerlo?
Sí, hay familias de hoy no se parecen a las de nuestros abuelos. Ni siquiera a las de nuestros padres. Pero me pregunto:
¿Es eso una consecuencia natural de la evolución de la sociedad, o el resultado de no saber resolver conflictos?
¿Realmente queremos vivir en nuevos modelos de pareja, o simplemente no sabemos cómo sostener los vínculos cuando llegan las dificultades?
Soy consciente
Si en lugar de llevar 38 años con mi «primer novio», me hubiera separado, probablemente hoy estaría hablando de nuevos modelos de pareja o de familia.
No soy ingenua: la mente busca sobrevivir.
Y es normal que cuando una historia termina, busquemos darle sentido de la mejor manera posible.
Pero mi reflexión va en otra dirección. Me pregunto: ¿hasta qué punto esos “nuevos modelos” son una elección verdaderamente buscada o, a veces, una forma de reconciliarnos con lo que no pudimos sostener?
No lo digo desde el juicio, sino desde la comprensión más profunda, desde la reflexión sobre lo que yo misma creería si en lugar de seguir en pareja me hubiera separado.
Porque pienso que vale la pena seguir creyendo en el amor para toda la vida, no como algo mágico o predestinado. No como aquel hilo rojo que nos une, sino como algo que se cultiva. Como esa planta que un día compramos con ilusión: si no la regamos, si no la abonamos, si no la cuidamos, es natural que se marchite.
El amor se nutre de ese cuidado constante, no para que sea perfecto, sino para que siga vivo.
El amor no basta (y eso no es algo negativo)
Tras casi cuarenta años con el mismo compañero con el que empecé con tan solo 15 años, puedo decir con sinceridad que convivir no es fácil siempre.
Y también que no es el amor lo que sostiene una relación, sino las decisiones que tomamos cada día para seguir apostando por ella.
Cuando creemos que nuestra historia puede durar toda la vida, hacemos más por cuidarla.
En cambio, si ante las primeras discusiones aparece la voz interna que dice “esto no funciona, separémonos, con otra persona estaré mejor”, entonces no dejamos espacio para que el vínculo madure.
Las relaciones no son perfectas, se perfeccionan
Por más que veas cientos de fotos en Instagram de parejas «maravillosas», no todo es verdad. Créeme, todos tenemos días mejores y días peores, como personas y como pareja. No existen parejas perfectas.
Existen parejas que se perfeccionan mientras sus miembros crecen como personas.
Y es la manera en que enfrentamos los conflictos lo que determina nuestro crecimiento personal.
Mi esposo y yo hemos vivido de todo: momentos preciosos, crisis profundas, e incluso conversaciones frente a un abogado hablando de divorcio.
Creer que las parejas largas no tienen problemas es ingenuo.
Creer que la pasión muere o que el amor se acaba es olvidar que somos responsables de cultivarlo.
El amor propio, el punto de partida
El otro solo puede amarte en la medida en que tú te amas.
Si tú no te das amor, si no te cuidas, si te abandonas, si no te respetas, el otro no puede llenar ese vacío.
Por eso, el primer paso para mantener viva una relación es darte amor incondicional a ti misma o a ti mismo.
La pasión no muere, la vamos olvidando.
Olvidamos seguir siendo esos dos adolescentes que se buscaban con ganas, porque priorizamos lo “importante” (el trabajo, los hijos, las responsabilidades) y dejamos de lado lo verdaderamente valioso. (Aquí te explico la diferencia entre Importante y Valioso)
Amar bien también es un acto egoísta
La investigación de Harvard sobre la felicidad concluye que las personas más felices son las que tienen relaciones sólidas.
No por suerte, sino porque han aprendido a conocer a su pareja en profundidad, a aceptarla y a entenderla.
Y eso, aunque parezca un acto de generosidad, también es un acto egoísta:
cuando tienes una relación sólida, tú eres más feliz.
Aún estás a tiempo
No se trata de juzgar los nuevos modelos de pareja, ni de decir que uno sea mejor que otro.
Se trata de preguntarnos con honestidad si estamos viviendo las relaciones que realmente queremos, o si hemos dejado de creer en su posibilidad.
Porque las historias largas no son casualidad.
Son el resultado de dos personas que, una y otra vez, deciden quedarse, crecer y volver a elegirse.
Aún estás a tiempo. Da igual si estás en tu primera relación, en la segunda o la cuarta. Decide que será para crecer y para toda la vida.
Viki Morandeira
Coach Ontológica
Creadora del Modelo DHC para superar la infidelidad en parejas de larga duración


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